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Cuaderno de apuntes un clown del circo Molier

15 de junio de 1885.

Allá lejos, en el coqueto hipódromo del señor de Benonville, — primer escudero de F r a n c i a Ernesto Molier — cuyo hotel levanta su torre de ladrillo rojo frente á los vidrios de mis ventanas una m u l t i t u d escogida de vividoras y de vividores desenfrenados baila a aún, y ríe, y se divierte con las ligeras ebriedades elegantes y los flirts espirituales que siguen victoriosamente á las parejas.

Son las cinco de la madrugada. El castillo del patrón, con sus tubos de chimenea en hierro batido, surge entre la verdura vacilante de los grandes jardines poblados de castaños, de robles, de acacias y de pobos, los unos cubiertos de flores blancas, los otros de flores cuyo color hace pensar en el vino nuevo que forman enormes ramilletes, con sus r a m a s exóticas de poloneses violetas y de árboles de Judca que crecen en los oasis gigantescos del desierto alrededor de las viviendas confortables. Muy cerca, muy cerca, detrás de la línea verde de las fortificaciones, se mira el lago de hojas del Bosque de Boulogne que se extiende hasta el horizonte, fijado, á lo lejos, por las colinas tiernas de Sévres, de Meudón y de Suresnes, que ondula, palpitante, á las caricias frescas de la brisa. Un aire dulce fióla sobre el paisaje tranquilo en ese barrio cuyas viviendas mundanas no han despertado todavía, excepción hecha de la vivienda de Molier, que aun no se ha dormido. El cielo azul pálido que esconde sus estrellas luminosas en la luz del alba, el cielo delicioso que se extiende sobre Paris como un ancho pabellón, tíñese de color do día bajo la influencia del sol que sube sin dejarse aun ver.

Algún carruaje que se desprende de la fila estacionada delante del circo para correr hacia el Bosque ó hacia el París inmenso que descansa al otro lado del Arco de Triunfo, turba de vez en cuando el silencio. Los invitados que salen, se van por la calle de la Faisanderic, respirando con delicia el aire puro, á tomar leche en la « Hacienda del Pré Catclan. » Algunos cantan parodiando á Paulus : « Volviendo de casa de Molier… » Entre los trinos de los pájaros que sacuden sus plumajes, plegando las alas, suenan las risas de los ricos trasnochados.

Ayer por la noche todas las plateas, y aun el rededor de las pistas, estaban ocupados por una sociedad brillante. Aquí y allá, en la pintoresca decoración de una plaza murciana, algunos caballeros vestidos de frac, se recostaban contra los muros ó se sentaban vagamente sobre un relieve arquitectural, tomando, al tratar de no perder el equilibrio, las posturas más divertidas. Uno de ellos, el pintor Régamcy, sallo de repente de una altura de cuatro metros saludando al público. Otros caballeros colgábanse de las escalas que se apoyaban en las ventanas donde, entre la apoteosis de sus bellezas y de sus trajes, sonreían las mujeres amables. Digo amables porque esa representación se daba, en efecto, para las muchachas alegres, para las muchachas de los teatros, para las muchachas cuyos labios no se cansan de besar. La representación de gala, dedicada á las grandes damas, comenzaba más tarde…¡ Oh la sala adorable y deliciosamente original! En ese cuadro de bastidores españoles, entre los fragmentos de palacios moriscos, aquellas encantadoras de cabellos rojos, negros ó rubios pero siempre poblados de diamantes, de labios encendidos y provocantes y de ojos hermosos y tontos, hacían un efecto maravilloso !

Algunos íntimos conversaban alegremente con las artistas que, vestidas con trajes de escena, ocupaban el palco del patrón, situado á la entrada de las caballerizas. Entre esos privilegiados se halla el señor de la Rochefoucauld, cuyo « número » de sensación — un nuevo trabajo de vueltas al a i r e — no llegará sino al final de la tercera parte. Esperando su turno, fija las miradas en la pista donde dos espadachines vestidos á la moda del tiempo de Louis X I I , l o s señors Bondius y Jcannenoy, el primero en Suizo y el segundo en Escocés de la guardia real ejecutan con la espada la lección de armas al mismo tiempo que el asalto.

También en el palco había un espectáculo : las muchachas bonitas que para subir á los palcos superiores pasaban por ahí como por una trampa de palomas. Un dulce y prolongado froufroú de seda, de telas preciosas, de encajes y de batistas, acompañado del ruido que producen, al andar, esos pies menudos aprisionados en medias de seda transparente y en zapatillos de satín rosado, llenaba los pasillos del gran circo. En cuanto á mí, pobre clown que espera su turno, tengo en la retina todos esos pies y todas esas pantorrillas que desaparecen á cada momento en los extremos de las escaleras, pero que no desaparecen nunca de mi visión…

La hora diabólica : ¡ media noche!

Habiendo terminado la representación, un regimiento de gomosos simples y de altos gomosos se pasea por la pista; la escalera estrecha y legendaria que conduce á ciertos palcos, está más llena de gente que los corredorcillos de la Gran Ópera en las noches de baile. Por todas partes se oyen las frases de alerta y las conversaciones galantes, mientras una banda de mozas sirve la cena en las mesas pequeñitas diseminadas sobre la misma pista. El champaña abundantísimo y las risas tan numerosas como las copas, dan ala escena un aspecto encantador e imprevisto. Por aquí y por allá los artistas : escuderos mundanos en pantalón blanco y chaqueta roja con grandes lazos de cinta sobre el hombro izquierdo ; clowns vestidos de terciopelo colorado, negro y blanco; un Pierrot alegre, y la tropa de muchachas descotadas á quienes la locura del baile ha empolvado como sólo la blanca nieve lo hubiera hecho. Molier, que por su ciencia consumada y su mérito singular ha puesto á la moda su amor al caballo, va de grupo en grupo llevando á todos las rincones su bigote rizado y su charla abundante. Todo el mundo aclama al joven director cuando salen de sus labios las palabras

siguientes :

— « Como habéis sido muy juiciosos, hijos míos, se os va á enseñar la linterna mágica. »

Y cuando las luces de gas están casi apagadas, comienzan á desfilar las escenas cómicas representando cuadros de la Revolución. Madame*** va explicando los asuntos con una gracia y un humour infinitos. En seguida aparecen los retratos de los artistas, reproduciendo las figuras de todos, desde el patrón hasta el duque de X . . . que sale de frac con una gran flor en el ojal, ó, como dice el cicerone : « armado de punta en blanco y presto á partir con rumbo á la batalla… de las llores. »

Cuando la linterna mágica termina, el baile recomienza… La fiesta está en lo mejor… por no decir en lo peor…

En el momento de más animación, un clown cumplimenta á Miss Pâquerette, rubia exquisita, figura á la Watteau de un modernismo fino y endiablado diciéndola :

— « Usted ha cabalgado maravillosamente esta noche. »

— « No — responde ella — y sobre todo ¿ qué importa eso? Mire usted á todas esas chicas; yo creí que era divertido… Aquí se hallan juntas las más elegantes, las más chics ¿ no es verdad?… Pues bien : yo las he visto de cerca y me han dado lastima. Sí; la pasión de los ejercicios ecuestres me distrae, pero ¿qu é gano con eso?… ¿Quién nos aplaude sinceramente aquí ? . . . Los hombres no son entendidos en el asunto y las mujeres no vinieron sino para enseñarse, para hacerse ver, para servir de «artículos de exposición »¡ Ah ! vida miserable ! » Y gentil, dulce, vestida de tul blanco, blonda como las espigas, esa « señorita Schopenhauer » hablaba así, con su voz musical, entre la vibración y el estrépito del placer, entre las cuadrillas y los coqueteos…

Y yo pienso en la obra maestra que un pintor moderno — moderno y modernista — enamorado de su época, podría ejecutar rehaciendo (superficial, neurótica y sobreexcitadamente) el único cuadro de Couture : « Los romanos de la Decadencia.» Los miembros de la nobleza, los representantes de la fortuna y del talento, las mujeres galantes; el mérito, la riqueza y la juventud, todo

está aquí reunido formando la síntesis de la Comedia Parisiense…

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