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Denise

El día ha amanecido¿? Terriblemente desapacible. Aúlla el cielo, los árboles soportan el agotador vaivén que les arranca las pocas hojas que resisten los envites, y las sirenas ululan de fondo. La naturaleza sigue su curso. Los troncos más viejos terminan cayendo derrotados por el viento tempestuoso. ¡Árbol va…! Las tejas se desprenden y las calles se alfombran con miles de hojas resbaladizas. El cielo se cierne como en una mala pesadilla, más cerca que nunca, rozando las cabezas que miran arriba atemorizadas de tanta furia desatada, desacostumbradas a no ver un cielo abierto y limpio, espantadas por la capa gris que cubre el azul; y para colmo, esta noche la tierra ha temblado cerca de la localidad de Dos Hermanas. Un apocalipsis de coincidencias que hubieran desestabilizado al más jovial, y que a mí me han tatuado una «sonlisa». No, no hablo imitando el japonés ni el chino, es la sonrisa de Mona Lisa. Esa mujer que cuando posaba, probablemente no pensaba en la envidia que despertaría su cuadro entre las damas de su entorno, o las dudas que algún día provocaría esa mirada atemporal y viva por culpa de Dan Brown.

Como todos tenéis ese ejemplo presente, nada mejor que ese cuadro para que podáis visualizar la sonrisa que se dibuja en mis labios mientras escribo. No es enigmática, es cómplice y divertida. Esconde el anagrama de la vida y sus tormentas. 

Y como hoy el día no invita a pasear; más bien a café, manta y sofá, he decidido releer. Las palabras gozan del privilegio de estar vivas, tan vivas como los ojos de Mona Lisa a pesar del tiempo. Y con el tiempo, la percepción de lo leído cambia o incluso adquiere una nueva interpretación. Tragedia, drama, comedia, opera, monólogo, tragicomedia…

Para algunas personas las palabras se enfrían como el tiempo, tanto, que mezclan el pasado terminado con el que aún no ha concluido, ligado o no, al momento presente. La confusión de la sonrisa, la confusión que revuelve el aire y lo enrarece. La confusión que agita la tierra y trastabilla los sentimientos. Eso debe ser…¿O debió ser? ¿O ha sido? ¿O sería?…no sé.

Para algunos, será un día horrible (debo de ser muy rara, porque yo «sonlio»), y me pregunto si yo también habré utilizado las formas verbales con esa profusa confusión:

Usar el pretérito perfecto compuesto, que se utiliza para hablar de un hecho pasado, obviamente, pero enmarcado en un momento del pasado que ha empezado, pero no ha terminado. Y otras veces, usar el pretérito perfecto simple, que se aplica a acciones completadas en el pasado, y que no necesariamente están relacionadas con el estado de hechos de una situación presente, circunscribiéndose a acciones de un pasado indefinido, no concluido y no ligado al presente. Para rematarlo con el pretérito imperfecto de indicativo, que describe una acción o estado en el pasado cuyos límites temporales no son relevantes.

Puede que sí, porque nunca le vuelvo la espalda al pasado, ni siquiera al que se aleja de puntillas.

Y todo esto aplicado al desapacible día de hoy quedaría así:

He salido a caminar toda la mañana. Llovía muchísimo. ¡Pensé! Qué bien huele.

La curiosidad, o mejor dicho, la duda, surge cuando se aplica al amor en unos textos que apenas distan días. ¿Tanto se mueve el corazón?, puede que sí. Como los pobres árboles hoy, que sufren rachas de vientos que superan los setenta u ochenta kilómetros por hora. O puede que sea el temporal marítimo y sus gigantescas y puñeteras olas de más de siete metros de altura. O la diferencia de presión atmosférica entre un anticiclón y una inoportuna borrasca.

Personalmente, me gusta el sol, el frío y el calor, la lluvia, el mar, las olas, las fuertes montañas, el viento y la brisa, el cielo y algunos infiernos, y sobre todo, la vida.

Miro el cielo encapotado, oigo el viento, palpo la fina lluvia que moja mis manos, contemplo los gorriones engordados por el plumaje que esperan pacientes, sus trozos de pan integral sobre los árboles desnudos que hay frente a mi balcón, y a pesar de Denise (la tormenta), sonrío y «sonlio» cuando leo y releo.

La vida es un puzle y una adivinanza, por eso, nunca hay que jugar antes de tiempo. 

 

 

 

Mar Martínez

@marprojo

Una sonrisa genuina hace que los músculos alrededor de los ojos se contraigan, lo cual se denomina ‘sonrisa de Duchenne’, en alusión al neurólogo francés del siglo XIX Guillaume Duchenne

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